Escuché una voz desconocida desde el piso de arriba de mi casa. Era una voz gruesa que decía que necesitaba un a habitación en arriendo.
Inmediatamente me dirigí a ver de quien se trataba. Era un hombre alto, Delgado, de unos 50 años, usaba lentes y de un aspecto extraño.
Sin muchas preguntas, mi vieja decidió arrendarle el cuarto desocupado que fuera usado por mi hermano alguna vez.
Enterado el hombre de la decisión de mi madre, entro con un equipaje que no alcanzaría para quedarse ni siquiera en la casa de un amigo.
En ese momento me atacó la curiosidad. Entraba y salía varias veces en el día de la habitación contigua a la mía.
Un día en el que me encontraba leyendo sobre mi cama, pude ver a varios hombres, amigos de aquél sujeto tan particular, entrar en la pequeña habitación.
Con bastante sigilo me asome desde mi cuarto para poder ver de qué se trataba. Lo poco que pude ver antes de que cerraran la puerta, fuero unas cuantas velas encendidas en el suelo y lo que parecía una tela negra cubriendo las ventanas de la habitación. Supe que debía averiguar más al respecto.
Al día siguiente, esperé el momento oportuno para iniciar mi labor investigativa.
Observo al hombre salir de la habitación, bajar las escaleras con bastante prisa, se despide de mi madre y sale rápidamente. Acto seguido, me ingenio la manera de abrir la puerta que me separa de la verdad. Con un cuidado casi quirúrgico, logro quitar el seguro de la chapa. Tomo la chapa, abro la puerta y detrás de ella, todo un ritual. Velas, crucifijos botellas con líquidos extraños, la tela negra que cubre la ventana y un pequeño montículo de papeles en un rincón. Casi sin luz, sin poder ver, me dirijo hacia ellos. Se trata de la invitación a distintos lugares, al parecer, para la práctica de ritos satánicos. En ellos se especifica la hora y los elementos que deben ser llevados.
viernes, 9 de mayo de 2008
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